ERES LIBRE
En condiciones normales, el rostro de la pequeña Lucía podría definirse como «angelical». Pero bajo el influjo hipnótico de treinta pollitos recién nacidos, su aspecto era radicalmente distinto. El poder de atracción del adorable pollerío, frente a la firmeza del escaparate que los escudaba del ansia infantil, mostraba una imagen muy diferente: nariz aporcinada, boca abierta tipo ventosa de vacío y mirada de anime japonés con un «lo quiero» perfectamente entintado en las retinas.
Las diminutas palmas de sus manos flanqueaban su seráfica, aunque temporalmente malforme, carita.
Todo su ser desafiaba inconscientemente los imperturbables enlaces moleculares del cristal, mientras intentaba, sin éxito, atravesarlo.
—Lucía… ¡no pongas la boca ahí!—dijo su madre al percatarse de que su pequeña se fundía con el vidrio del escaparate.
La pequeña ni siquiera oyó la voz de su madre. El universo estaba en pausa para ella. Sólo una imagen correteaba torpemente sobre sus pupilas y cautivaba su indivisible atención: un pollito. No cualquier pollito, claro. De los treinta disponibles, todos amarillos y suaves, uno era distinto. Y ya desde la más tierna infancia, todo aquello que es distinto, o nos aterra o nos atrae. Y nunca se supo de un pollito que sembrase el terror…
La criatura en cuestión tenía dos plumas pardas verticales en su parte trasera. Si alguien, a falta de otro entretenimiento, le permitiese corretear por un futbolín, automáticamente disfrutaría presenciando como el número 11 de la selección brasileña intentaba arrancar a picotazos los ojitos de sus compañeros de cancha. Pero a Lucía ni le interesaba el fútbol ni era imbécil como para perder el tiempo así.
—Plumitas…—le reconoció.
Su progenitora le cogió del brazo y con la delicadeza propia de una madre amorosa tras pasar ocho horas de oficina, una de atasco y media de espera en la puerta del colegio, le arrancó del escaparate, como se arranca una tira de cera depilatoria: sin piedad.
—¡Pero mamá! ¡Quiero ver a Plumitas!
—Lucía, mi amor, llevas toda la semana viéndole. Hay que ir a merendar—e inició de nuevo el camino hacia casa.
—¿Plumitas merienda?—preguntó preocupada, volviendo la mirada hacia el escaparate.
—Pues… no lo sé hija. Seguramente no—pero se arrepintió instantáneamente al anticipar el desastre que semejante conjetura, irresponsablemente irreflexiva, podría desencadenar—.¡O seguramente sí!. Sí. Merendará en un rato, igual que tú—y respiró aliviada al comprobar el efecto tranquilizante que su rápida reacción provocó en la niña.
Anduvieron en silencio durante varias manzanas hasta que Lucía, finalmente, lanzó el obús que su cerebro de seis años llevaba armando desde días atrás.
—¿Y si nadie compra a Plumitas porque es diferente?
Su madre entrecerró los ojos y apretó los dientes como se le hubieran acuchillado en la oreja. No era injustificada su reacción: Lucía lloró desconsoladamente con la muerte de la madre de Bambi. Lucía lloró desconsoladamente con la muerte de Mufasa, el rey león. Lucía lloró desconsoladamente con la muerte de la madre de Nemo (¡y ocurre en los primeros 5 minutos de la película!)—. “Tengo que elegir bien la respuesta si quiero que todos podamos dormir esta noche”—Vamos a ver…—respondió seleccionando cada palabra como quién selecciona los cables al desactivar un bomba nuclear—. Plumitas es diferente, pero en plan… “bien”. Es decir es… “único” y por tanto todo el mundo querrá comprarle antes que a sus hermanos para llevarle a vivir feliz a una granja.
Lucía paró en seco y observó a su madre con el ceño fruncido.
—Pero ya lleva casi una semana en la tienda. Y tú me dijiste que cada día los pollitos eran diferentes a los del día anterior porque venía gente para llevarlos a vivir a las granjas donde son felices.
—Sí. Es cierto—respondió su madre—“¡mierda!”.
Lucía entrecerró los ojos como si pudiese percibir el colapso que se extendía por las conexiones neuronales de su madre.
—Entonces—continuó la pequeña—,quiere decir que nadie le quiere porque es diferente. ¿Qué le pasará si nadie le compra?—concluyó apuñalando a su madre con la mirada.
¿Cómo responder ante semejante reflexión?: Como primer hito, palidez cutánea y sudoración fría. Como segundo hito, ligero temblor de alta frecuencia en el párpado derecho. Y como resultado final, balbuceo incoherente, nivel Johnny Walker x10.
Lucía que además de angelical era extraordinariamente avispada, se respondió a sí misma.
—Se morirá de pena porque todos sus amigos se irán yendo cada día y se sentirá triste y sólo, como dijiste a papá que le pasó al abuelo en la residencia.
—“¡¿Pero cómo coño se puede acordar de esas cosas?!”—alucinó su madre, casi como con las setas que probaba en sus tiempos de universidad.
—¡Tenemos que liberarle nosotras!—dijo Lucía, en un momento de lucidez epifánica.
—¡¿Cómo?!—Reaccionó la madre. Obviamente, era más una interjección fruto del asombro que una pregunta con sed de respuesta. Pero esos matices del lenguaje todavía resbalaban en la pequeña.
—Cada pollito cuesta cinco euros. ¡Puedo comprarlo yo!
Lucía estaba muy lejos de comprender las complejidades de la maquinaria económica que esclavizaba y frustraba miserablemente las vidas de sus padres para que ella pudiera comer, estudiar y tener un techo que le cobijase. Sin embargo, sí era muy consciente de que una bolsa de chuches costaba 1,50 euros. También era muy consciente de que las propinas (cortesía de la generosidad de familiares y amigos) ahorradas en su hucha de Peppa Pig ascendían a exactamente 10,25 bolsas de chuches. Lucía era extraordinariamente aplicada para su edad.
—Pero… no tenemos una granja, cariño—respondió su madre, ya recuperada del shock inicial.—Y en casa no puede estar, ya lo sabes.
—Es verdad. Pero la tía Isa dice que los animalitos saben vivir en la naturaleza porque están programados por sus gines.
—Por sus genes—corrigió su madre.
—Por sus genes—reafirmó Lucía.—Así que si le soltamos sabrá lo que tiene que hacer ¿verdad?
Su madre razonó rápidamente para encontrar una solución eficaz y definitiva.
—“Lo llevará al parque, lo soltará entre los arbustos y lo verá desaparecer en la “naturaleza”. Por tanto, se irá a casa con la satisfacción de haber realizado una buena obra, sin sospechar jamás que Plumillas, o como se llame, morirá de frío, de hambre o devorado por las ratas”—y esbozó una sonrisa de satisfacción.—Claro que sí. Pero ya sabes que cuesta mucho dinero…
—Sí. Cuesta mucho,¡pero quiero ayudar a Plumitas!—y emprendió nuevamente la marcha hacia casa.
—“Ah, eso. Era Plumitas”—Se recordó su madre.
Una vez terminadas las tareas del colegio, Lucía elaboró un complejo sistema de montoncitos de monedas que le permitió concluir tres cosas:
- La hucha de Peppa Pig era inquietantemente vulnerable a las violaciones externas, pues no le había costado lo más mínimo recuperar su ahorros del interior. Habría que buscar solución a esto más adelante. Sería un auténtico desastre que sus futuras bolsas de chuches se esfumaran de repente por la inexcusable falibilidad de quien debe protegerlas. —“Seguro que a los mayores no les pasan estas cosas…”
- Con su inmensa fortuna ¡podría permitirse liberar a Plumitas y además conservar 6,9 potenciales bolsas de chuches!
- Si se manipulan monedas durante demasiado tiempo las manos te huelen raro.
Por supuesto, este proceso no fue rápido ni sencillo. Tuvo que clasificar monedas, amontonarlas, reamontonarlas, repasar las cifras contando con los dedos, soportar el creciente olor a raro que estos estaban adquiriendo y guardar en su bolsito de Dora (la exploradora), el tintineante billete a la libertad para Plumitas. Extenuada pero satisfecha de sus logros, informó orgullosa a su madre de que todo estaba listo para ejecutar su plan. Luego cenó y cayó rendida, con una interminable sonrisa de satisfacción.
A la mañana siguiente se despertó sola, alzándose cual resorte. Su primer pensamiento fué para Plumitas. Saltó de la cama y corrió alegremente a admirar su bolsito de Dora.
—¡Mamaaaaá!—gritó Lucía.
En cuestión de segundos su madre irrumpió en la habitación con el rostro pálido y el temor irracional por ver a su pequeña bañada en sangre, atacada por una vil criatura o padeciendo cualquier otro suplicio que sólo una responsable y amorosa madre puede invocar cuando escucha la llamada desgañitada de sus vástagos. Sin embargo, y para su necesario alivio, encontró el rostro feliz de su pequeña y su manita agitando el colorido bolsito.
—¡Hoy liberamos a Plumitas!
Su madre forzó una sonrisa mientras creyó notar una gota de sudor frío deslizándose por su rostro.
El día, laborable, transcurrió en la escuela como un continuo homenaje a Plumitas. Lucía explicó sus planes a profesores, a compañeros, a bedeles, a cocineras e incluso a Patachunga, el gato inválido de la portera del colegio, al que prohibió expresamente acercarse a Plumitas en caso de encuentro fortuito. La propia portera, por cierto, tampoco se privó de recibir la información con el mismo entusiasmo y nivel de exhaustivo detalle con el que había sido compartida previamente entre el resto de afortunados interlocutores.
Finalmente, sonó el timbre de salida. ¡La llamada de la libertad! Y esta vez, por partida doble.
Mamá estaba en la puerta, esperándola, rezando a cualquier divinidad, real o ficticia, para que Plumillas, Plumitas, o algún primo suyo de similares características, siguiera en la tienda.
—¡Vamos a liberar a Plumitas!—Gritó Lucía, eufórica.
Marcharon a paso acelerado hacia la tienda de animales. Ansiosa, Lucía aplastó su cara contra el cristal para comprobar con renovado entusiasmo que Plumitas continuaba en la tienda. Su madre respiró aliviada y volvió a guardar el lexatín que llevaba apretado en el puño.
—¡Hola, vengo a liberar a Plumitas!—irrumpió Lucía ante la sorprendida mirada del dependiente, un señor mayor, con rostro afable, bigote poblado y gafas resbaladas por su enorme nariz.
—¿Y quién es Plumitas, señorita?—respondió intercambiando una rápida mirada con la madre, que seguía rápidamente los pasos de la pequeña.—¡Quién va a ser!—contestó Lucía, contrariada.—¡El pollito! ¡Ese!—señalando a la incubadora sobrepoblada de amarilla esponjosidad.
Tras varias indicaciones y algo de ayuda de mamá, Plumitas fue adecuadamente identificado y extraído de su provisional y abarrotada morada.
El bolso de Dora cumplió su función y se produjo el intercambio.
—¿Desea una caja para transportarlo?—preguntó el dependiente dirigiéndose a la madre. —¡Claro que no!—contestó Lucía con una sonrisa—¡Lo llevaré en la mano!.
Su madre arqueó las cejas con impotencia y el tendero se encogió de hombros. La ilusión en general, y la infantil en particular, es un río desbordado imposible de encauzar.
Salieron de la tienda. Mamá se encaminó hacia el parque cercano, anticipando ya el triste y presumiblemente ratonil destino del pollito. Sin embargo, Lucía se plantó en mitad de la calle, de espaldas a la tienda. Alzando la mirada hacia la copa de los árboles que delimitan la calzada y antes de que su madre pudiera comprender sus intenciones gritó:
—¡Eres libre!
Y, con todas sus fuerzas, lanzó a Plumitas hacia la libertad del vacío, el éter y los cielos despejados. La suave criatura, repentinamente transformada en misil tierra-aire, salió despedida a velocidad inusitada. Entonces, en ese exhilarante momento de excitación, Lucía observó cómo Plumitas extendía sus diminutas alas y alzaba el vuelo hacia la libertad.
Esto, obviamente, fue el crudo fruto de la inocente imaginación infantil, la ignorancia de la naturaleza gallinácea y el desconocimiento de los más elementales rudimentos aerodinámicos. Plumitas, lejos de alzar el vuelo describió una parábola tan perfecta y ejemplar que el propio Jesús de Nazaret habría querido contarla.
Luego cayó en barrena y se pegó una hostia de libro.
Tán brutal, intenso y desmedido fue el choque de Plumitas contra el asfalto, que quedó literalmente serigrafiado sobre el terreno.
Lucía permanecía pálida, helada, hierática, con los ojos más abiertos que su boca, esculpida por el más profundo de los horrores. Mamá se acercó con presteza y la envolvió con el cálido manto de su abrazo, intentando que Lucía apartase su hipnotizada mirada del improvisado festival de vísceras.
—Mama… —dijo con voz temblorosa, ahogada por la inminencia del llanto —. ¿Crees que Plumitas estará bien?. —Pues… Seguramente… —balbució su madre, cuando su voz quedó enmascarada por el motor del enorme autobús de la línea 11, cuya ruta habitual intersectó con precisión matemática con los restos de Plumitas, haciendo fútil cualquier esperanza.
—¡Pero criatura! —Apuntó el dependiente, mientras abandonaba el establecimiento desde el que había presenciado la escena —¡No te preocupes! ¡Si tenemos muchos más! ¿No ves que los criamos para alimentar a las anacondas?.
Un llanto, crudo, desesperado y desgarrador heló la sangre de los transeúntes cercanos, mientras sendas plumitas pardas caían flotando con suavidad sobre un aplastado cúmulo de maltrechas ilusiones infantiles.
©️ Miguel Ortega – 21/03/2014