MIRADAS

Voy conduciendo. 

Me aproximo a un paso de peatones y cruzo la mirada con ella. Capta mi atención de manera inmediata. Está esperando para cruzar. 

Ella se da cuenta de que la observo con interés pero actúa con indiferencia. Lo primero que me viene a la cabeza es que parece recién caída del cielo. Cómo es la mente… Me doy cuenta de que ella tampoco me quita ojo de encima, pero lo hace de soslayo. 

Comienza a cruzar. Hasta me da la sensación de que presume con sus andares. Sonrío ligeramente. Nuestras miradas se entrelazan con fijeza. Ella camina con  parsimonia. Hace lo que me parecen sutiles curvas para alargar este instante que se siente infinito.

Nunca me había pasado algo así. Bueno… alguna vez, lo reconozco. Supongo que no es tan raro. Pero nunca así, en un paso de cebra, por puro azar. 

Ella, con su caminar altanero, ya ha cubierto tres cuartos del recorrido y sobrepasa mi lado izquierdo del coche. Miro instintivamente por el retrovisor para asegurarme de que un motorista despistado no nos acabe dando un disgusto. Nadie. La calle es nuestra. Todavía es temprano.

Ella concluye su acto cruzatorio y me mira. Esta vez sin disimulo, fijamente. 

Algo junto a ella capta su atención y con un movimiento preciso, quirúrgico, desata un mortal picotazo. La paloma se desayuna una pequeña alimaña y disfruta del momento. Me mira satisfecha y agradecida por mi civismo vial y alza el vuelo para perderse en el infinito.

 

© Miguel Ortega – 02/07/24